Hay tontos serios: no se ríen y andan por ahí con su cara solemne. Hay tontos furiosos. Hay otros que no son ni serios ni furiosos; son simplemente tontos.
Pero hay también tontos optimistas. Para ellos todo cuanto les ocurre, aún lo peor, es en su propio beneficio. Así era uno llamado Cándido Buenasuerte. que vivió, según se dice, hace mucho tiempo.

Cándido había trabajado al servicio de un amo muy exigente durante siete largos años.

__Ha terminado el tiempo que convinimos en que os serviría, dijo un día Cándido. Ahora quiero regresarme a mi casa al lado de mi madre.

__Siento que te vayas, le contestó él y le entregó un pedazo de oro tan grande como su cabeza.
Cándido lo envolvió en un pañuelo, lo amarró a la punta de un palo y se lo echó al hombro.
,Pocas cuadras había caminado cuando se encontró con un jinete
__¡Qué envidia éxclamo Cándido. ese señor a caballo y yo a pie.
El hombre lo oyó, se detuvo y preguntó qué llevaba al hombro.
__Un abultado pedazo de oro, respondió Cándido.
__Te propongo una cosa, manifestó él. Te cambio mi caballo por la piedra esa de oro ¡Verás que gran negocio haces!
__Por supuesto, exclamó Cándido. No se me había ocurrido. ¡Que buena suerte la mía!
Se apeó el caballero y se monto Cándido.
Pocos metro adelante el animal boto a Cándido por las orejas, en presencia de un campesino que hacía esfuerzos por conducir una vaca.
__No sabía que eso de montar ofrecía tántos peligros, exclamó Cándido. Nunca lo volveré hacer. Tú si posees un buen animal, se puede caminar a su lado tranquilamente y, además da leche.
__Si tanto te gusta, te cambio ese caballo ensillado por la vaca, propuso el campesino.
__Aceptado, se apresuró a decir Cándido. Es un gran negocio para mí, indudablemente. Cuando tenga sed dispondré de leche ¿Qué más le cabe ambicionar a un mortal?
Llevando la vaca de cabresto, con mucho trabajo, al fin llegó a la posada y se dispuso a ordeñarla. Pero el animal le disparo tal patada que fue a dar contra el tronco de un árbol.
__Malas mañas tienen las vacas viejas, anotó el dueño de la hospedería. Esa ya nunca te dará leche. Para lo único que puede servir es para el matadero.
__Bueno comentó Cándido. A mi la carne de vaca no me gusta si fuera de cerdo?..
__Yo siempre estoy dispuesto a hacer un favor, manifestó el otro. Te doy un cerdo a cambio de la vaca.
__Gracias, dijo Cándido. ¡Trato hecho!
Qué buena estrella la mía, pensaba Cándido. Tan pronto se me presenta un problema aparece la solución.
Siguió Cándido con el cerdo hacia su casa. Al poco andar lo alcanzó un muchacho que llevaba un ganso al mercado. Cándido le refirió todos los buenos golpes de fortuna que había tenido desde que recibió el pedazo de oro. Su ocasional acompañante se dió cuenta rápidamente de la inteligencia de Cándido y le dijo:
__Oye: en el pueblo de donde vengo se robaron un cerdo y el alcalde ha enviado policías en busca de los ladrones. No me extrañaría que fuera el que tú llevas, en esa carreta.
__¡Ayúdame suplico Cándido. Te cambio el cerdo por el ganso.
__Eso es mucho riesgo, afirmó el muchacho, pero sea, por hacerte un favor.
Y apoderándose de la carreta se alejó rápidamente con el cerdo.
Adelante, al pasar por un pueblo, con su pesado ganso debajo del brazo, tropezó con un afilador que daba grandes voces , para que las gentes se acercaran a hacer afilar sus utensilios caseros.
Cándido se acercó al hombre con la boca abierta.
__¡Cómo me gusta tu piedra de afilar! le dijo Cándido.
__Es maravillosa respondió él. Yo no sé qué sucede, pero a un afilador nunca le falta dinero. Muchas veces mis bolsillos son insuficientes para guardarlo.
__Si me la cambiarás por este ganso harías de mí el ser más feliz de la tierra, le dijo Cándido
__Podrías encimarme algunas monedas porque en este negocio, bah! ¡tú sales ganando!
__Desgraciadamente no tengo ni un céntimo, replicó Cándido; pero considero muy justa tu propuesta.
El hombre se apoderó del ganso y, entregándole una piedra que tenía guardada, le dijo:
__Es mejor, mucho mejor que la mía! Más grande, reluciente y bonita,. Y, además, la puedes utilizar para enderezar clavos viejos y torcidas, colocándola sobre una base firme, cuando te provoque.
__Ya Cándido Buenasuerte continuaba su camino cuando oyó que lo llamaba.
__Un momento le gritó el afilador.
Cándido se regresó.
Y el hombre, levantando, una pesada piedra que estaba tirada en la calle, le dijo:
__Llévate también esta otra. Te será tan útil como la primera.
Cándido Buenasuerte agradeció con varias venias tan señalada benevolencia y, como pudo, se las arregló para seguir hacia su casa, ya a pocos kilómetros de distancia.
Poco rato después de Cándido casi no podía caminar, agobiado por el peso de las piedras. Además, tenía una sed horrible.
Se acercó a un aljibe para mirar desde arriba cómo podría extraer un pico de agua, y al tratar de colocar las piedras en el muro, o brocal, hizo un movimiento brusco y ambas cayeron al fondo, con gran estrépito.
Cándido se quedó pensativo por breves momentos y luego murmuró:
___Qué de buenas soy yo! En realidad esas piedras pesaban mucho.
Y, silbando, echó andar, camino de su casa donde lo aguardaba madre. Ella, por ser su madre, escuchó pacientemente el relato de sus aventuras, lo miró de arriba abajo con compasión y no le dijo nada.

Y hasta su muerte, así fue

Cándido Buenasuerte.

Dejar respuesta